Petróleo, gomeras y soberanía: la geopolítica del Atlántico Sur frente al espejo del pragmatismo

Las Malvinas son una causa sagrada para todos nosotros, pero la realidad económica y los negocios petroleros se mueven por otro lado.

Hoy en día, el proyecto de extraer petróleo en la zona de las islas —el famoso plan Sea Lion— nos deja frente a una verdad incómoda: los mapas se dibujan con historia, pero el combustible se busca con plata. Por un lado tenemos el discurso de siempre. Desde Buenos Aires se repite con razón que las islas son nuestras, y se amenaza con multas o castigos a cualquier empresa que se anime a ayudar a los ingleses a sacar hidrocarburos. Del otro lado, el gobierno británico usa esa riqueza para demostrar que los kelpers se pueden mantener solos y consolidar su dominio de hecho.

Pero acá entra en juego la viveza del mercado y el peso pesado de Vaca Muerta. Ninguna gran empresa multinacional de servicios petroleros se va a arriesgar a perder los millones que gana en Neuquén solo por ir a darle una mano a los británicos en el mar austral. Sin barcos, sin logística desde la Patagonia y sin puertos cercanos, sacar ese petróleo se vuelve carísimo y complicadísimo.

Entonces se arma un brete gigante. Si el barril de petróleo baja de precio, el negocio se pincha solo y nadie pone un peso. Pero si el petróleo sube y el negocio rinde, aparece la gran pregunta sin anestesia: ¿qué pesa más, el orgullo nacional o la plata fresca que tanto le hace falta al Estado argentino?

Pensar que el conflicto se resuelve con barcos de guerra vigilando las 24 horas es mirar una película vieja. Hoy la pelea es financiera, de contratos y de intereses. La política exterior choca contra la tentación de agarrar la billetera, mientras las islas siguen ahí, administradas por Londres, demostrando que los negocios muchas veces pasan por encima de las banderas.

Sin embargo, frente a ese despliegue de fuerza imperial, hay que recordarle al gobierno británico una verdad sencilla, desde la pluma de este sur obstinado: bajen las armas y sentémonos a negociar, porque acá, aunque nos falten los fierros de última generación, tenemos gomeras.

No es una bravuconería, es la certeza de que los imperios calculan en libras esterlinas, pero ignoran la persistencia de un pueblo que no olvida. Nuestra “gomera” es esa mezcla indestructible de ingenio y resistencia que ninguna plataforma offshore puede comprar. Que dejen los cañones quietos y entiendan que ningún negocio petrolero va a borrar el contorno de nuestras islas. Con barcos o sin ellos, la piedra sigue en la honda.

Carlos Alberto Leiva

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