La sombra de diciembre de 2017 y la figura de Mauricio Macri operan como el espejo incómodo sobre el cual Javier Milei construye su propia épica de poder. Para el actual presidente, el trauma de aquellas catorce toneladas de piedra es la prueba empírica de que el gradualismo y el diálogo institucional con el Congreso y los sindicatos conducen inexorablemente al naufragio económico. Al señalar que el gobierno de Cambiemos “se dejó correr”, Milei no solo emite un juicio de valor sobre una gestión pasada, sino que eleva la intransigencia y el control absoluto de la calle a la categoría de dogma republicano.
Sin embargo, en este pulso por demostrar quién tiene la fortaleza necesaria para sostener las reformas, se pone a prueba la verdadera salud del sistema republicano. Si para el macrismo el error fue ceder ante la presión de la calle y la política fragmentada, el riesgo del modelo actual es el extremo opuesto: confundir la firmeza con la anulación sistemática del Congreso, de los contrapesos institucionales y del disenso legítimo. Reducir la política a una pulseada de supervivencia donde el adversario es deslegitimado constantemente debilita los anticuerpos democráticos que evitan que el Estado vire hacia la discrecionalidad.
La república no sobrevive apostando a que un líder sea lo suficientemente implacable como para no dejarse doblegar, sino a través de instituciones lo suficientemente sólidas como para procesar los conflictos sin arrasar con las reglas del juego. Ni la debilidad que paralizó a Cambiemos ni la intransigencia que desafía permanentemente los límites constitucionales logran resolver el dilema de fondo: gobernar un país plural sin fracturar su andamiaje democrático.
Carlos Alberto Leiva