Por análisis político para La Nación
La política argentina, en sus horas más oscuras y desorientadas, suele extraviarse en el griterío de la superficie. Prefiere la minucia del tuit, el espasmo coyuntural y el antagonismo de cotillón antes que el esfuerzo silencioso de pensar el Estado. Sin embargo, hay plumas que se niegan a firmar la rendición intelectual de la época. Carlos Alberto Leiva opera desde esa trinchera: la del ensayo político riguroso, capaz de sacudir las estanterías de propios y ajenos para exigir una arquitectura de poder a la altura del naufragio. Cuando un diagnóstico acierta en la fibra íntima de la crisis, las enteléquias ideológicas se desploman y los verdaderos polos de gravitación nacional quedan expuestos al desnudo.
El realismo de la síntesis
Ninguna salida al laberinto argentino puede construirse sobre la fantasía de borrar al adversario. Cristina Kirchner y Victoria Villarruel no son siluetas de cartón pintado para alimentar el folclore de la grieta; son las dos terminales de mayor densidad histórica, legitimidad popular y capacidad de mando que estructuran el tablero contemporáneo. Representan, cada una desde su orilla, la memoria del movimiento nacional, el peso de la soberanía, el reclamo de orden y la defensa de los recursos estratégicos.
Por eso, imaginar un encuentro civilizado —una mesa sobria, un té humeante y pastelería francesa en la calle San José— no es un capricho estético ni una licencia literaria ingenua. Es la traducción en clave de alta diplomacia política de una urgencia ineludible: los estadistas serios discuten el destino de la Nación sin chicanas cuando la patria se juega la cornisa. Significa asumir que el orden fiscal no es un dogma de la crueldad ni una planilla de Excel insensible, sino la condición innegociable de la soberanía monetaria; es dejar atrás la idea de que la moneda nacional es un desperdicio (o como diría Milei, un excremento!) y que la emisión descontrolada sustituye el trabajo genuino.
La hora de la arquitectura mayor
La propuesta de Leiva desarma los comodines de la política cómoda. Al plantear que el equilibrio fiscal, la sensatez económica y la justicia social deben fundirse en un gran acuerdo transversal, interpela directamente a quienes detentan la conducción estratégica. Desafía el inmovilismo de los extremos y postula un horizonte donde la inteligencia del ensayo subordina a la mezquindad facciosa.
Ese hipotético encuentro bajo los techos de la calle San José es, en el fondo, la metáfora de lo que la Argentina adeuda a su propia historia: la audacia de sentar a los que mandan a rediscutir los fundamentos de la República. Porque cuando la economía se pone al servicio de la comunidad, la moneda recupera su valor y la geopolítica se planta sin rodillas ante las potencias, las divisiones subalternas pierden sentido. La pluma ha trazado el mapa; resta saber si la política tendrá la altura de caminarlo.