El tablero internacional vuelve a moverse bajo la tensión de las grandes potencias. Mientras el ministro de Economía viaja a Carolina del Norte para participar de la cumbre de Finanzas del G20 —encontrándose con figuras clave de la administración norteamericana como el secretario del Tesoro y con la dirección del FMI para blindar el programa de ajuste—, el mundo se polariza en una disputa comercial y geopolítica implacable contra Irán y sus aliados estratégicos. Este alineamiento automático con Washington ofrece ciertas ventajas financieras y arancelarias de corto plazo, pero expone al país a vulnerabilidades profundas: la presión del organismo internacional por la crisis social y la mora crediticia, los vaivenes electorales de la política norteamericana y, sobre todo, el riesgo latente de quedar atrapados en el fuego cruzado contra China, nuestro socio comercial fundamental.
Frente a esta encrucijada, la voz de la experiencia y el pensamiento nacional aportan una perspectiva indispensable. Como bien señalaba el doctor Mariano Grondona en Hora Clave, la premisa fundamental para la Argentina debe ser negociar con todos sin someterse a nadie. No podemos permitirnos caer en subordinaciones ideológicas que ignoren nuestra condición de país productivo. Contamos con una base material extraordinaria en nuestros recursos naturales, la agroindustria y la energía que nos otorga un peso real en el escenario global; por lo tanto, la soberanía no se negocia, se ejerce a través de un pragmatismo inteligente que mantenga abiertos los puentes tanto con los Estados Unidos como con el bloque asiático.
De esta síntesis surge la necesidad ineludible de articular una visión política desde el centro, profundamente comprometida con la producción y los intereses nacionales, capaz de tender puentes con las mejores tradiciones del trabajo y la justicia social sin caer en los sectarismos del pasado.
La Argentina de 2026 nos exige dejar atrás los fanatismos estériles y las falsas dicotomías que solo empobrecen a nuestra gente. Hoy no hay espacio para dogmatismos de ningún signo ni para recetas importadas que ignoran nuestra realidad productiva. Ser profundamente nacionales significa negociar con firmeza ante cualquier potencia, protegiendo nuestros activos estratégicos para que sirvan a la industrialización, al empleo de calidad y al desarrollo federal.
La macroeconomía solo sirve si le sirve a la gente. El equilibrio fiscal y la estabilidad son condiciones necesarias, pero de nada valen si se alcanzan a costa del ahogo de la clase trabajadora, el desfinanciamiento de nuestras capacidades y el incremento de la vulnerabilidad social. Un verdadero proyecto de centro y de carácter nacional entiende que el Estado tiene la responsabilidad insustituible de cuidar a los que menos tienen, proteger el entramado PYME y asegurar que el esfuerzo cotidiano del pueblo se traduzca en movilidad social ascendente.
Es hora de convocar a un gran acuerdo transversal que una la cultura del trabajo, la sensatez económica y la justicia social. Con realismo y profunda responsabilidad, es momento de dejar atrás los péndulos históricos y poner de pie a la Argentina que madruga, produce y merece vivir mejor.
Carlos Alberto Leiva