Radiografía del consumo masivo: cuando los bolsillos ya no estiran más

La distancia entre los discursos macroeconómicos y la caja registradora de los comercios de barrio expone una realidad inapelable: el consumo interno masivo atraviesa una contracción profunda. Los balances de las grandes compañías de alimentos y productos esenciales —históricos termómetros de la economía real— confirman que las familias argentinas redujeron drásticamente sus compras cotidianas.

El caso testigo de Mastellone Hermanos al cierre de su primer semestre refleja con crudeza este panorama. La principal láctea del país registró una caída real del 10,3% en sus ventas locales, lo que arrastró a la compañía a reportar pérdidas netas por $4.791 millones. En la góndola, esto se traduce en familias que resignan primeras marcas, achican porciones o directamente suprimen categorías enteras de productos básicos.

Los factores críticos del desplome

  • Poder adquisitivo pulverizado: Los ingresos fijos y los salarios corrientes corren permanentemente detrás de la inflación y el tarifazo en servicios públicos, dejando un margen mínimo o nulo para el consumo masivo.
  • El peso de la logística y los costos: Para las industrias, producir más ya no es sinónimo de rentabilidad. Los incrementos en fletes, peajes y costos operativos comprimieron los márgenes operativos, castigando la rentabilidad corporativa.
  • El salvavidas externo: Ante la anemia del mercado interno, las empresas encuentran en la exportación la única vía para sostener niveles mínimos de actividad. En el caso del sector lácteo, las ventas al exterior crecieron un 10,5%, amortiguando parcialmente el golpe doméstico.

El pulso dual de la economía de a pie

Mientras los canales digitales y las plataformas de comercio electrónico reportan incrementos apalancados en promociones y financiación bancaria, el comercio presencial —donde se concentra más del 80% de las transacciones de alimentos y artículos de limpieza— acumula bajas interanuales consecutivas.

Las estadísticas minoristas de entidades como CAME marcan una tendencia contractiva sostenida en las PyMEs, evidenciando que el consumidor cotidiano prioriza la subsistencia por sobre el consumo discrecional. El endeudamiento familiar mediante tarjetas de crédito para cubrir gastos corrientes es el síntoma definitivo de una pirámide social que se achica, donde el changuito del supermercado se convirtió en el ejercicio diario de recortar lo indispensable.

Carlos Alberto Leiva

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