A un año de las urnas que definirán el pulso político del país, la Argentina transita por un camino tan angosto como desafiante. Por un lado, la receta oficial muestra una macroeconomía que exhibe con orgullo su equilibrio fiscal y una baja notable de la inflación. Pero, por el otro, la realidad de la calle cuenta una historia muy distinta: un consumo que se derrumba, familias que hacen malabares para pagar facturas de luz y gas imposibles, y comercios de barrio que apenas sobreviven a una recesión prolongada.
El dilema de fondo no pasa solo por las planillas de Excel, sino por la cuerda social. Cuando un superávit se sostiene a fuerza de licuar jubilaciones, salarios y enfriar por completo la economía interna, el talón de Aquiles deja de ser técnico para volverse profundamente político. ¿Cuánto tiempo soporta una sociedad el peso de un ajuste implacable sin ver una luz genuina al final del túnel?
La postal que asoma hacia el final del mandato dibuja un escenario en dos velocidades. En una orilla se consolidan los grandes jugadores de la energía, la minería y el agro, conectados al mundo y con alta rentabilidad. En la otra orilla queda el mercado interno: PyMEs desfinanciadas, changas que escasean y una clase media que cambió consumo por supervivencia.
El verdadero desafío de este tiempo no es solo medir si las cuentas cierran en los papeles, sino entender qué tipo de país estamos construyendo a fuego lento. Cuando el Estado se retira de los rieles que conectan pueblos, de los hospitales que sostienen al que no tiene obra social y de la asistencia básica, el costo social deja de ser una estadística para transformarse en una herida profunda en el tejido comunitario.
Dejar pensando significa preguntarnos si el sacrificio cotidiano de las mayorías es realmente el puente hacia una economía sólida o, por el contrario, el boleto de ida hacia una sociedad desintegrada. Al fin y al cabo, la gran pregunta que flota en el aire es si la sociedad estará dispuesta a convalidar con el voto un modelo donde los más ricos son cada vez más ricos, conducida por un rumbo que parece dar la espalda a las mayorías, desfinancia el transporte y la salud pública, y condena a la suerte a millones de argentinos a la espera de inversiones que jamás llegarían a un país empobrecido.
Carlos Alberto Leiva