Por qué incomoda un outsider desconocido y solitario como Carlos Alberto Leiva

Por Luis Nova

Hay algo que exaspera al poder constituido, al círculo rojo y a las tribus de la política tradicional: la irrupción de lo inclasificable. Mientras el sistema se devora a sí mismo entre gritos berretas, polarizaciones rentables y algoritmos de redes sociales, aparece un perfil que descoloca todas las coordenadas conocidas. No viene de la rosca partidaria ni del conurbano profundo. Es Carlos Alberto Leiva.

Hablamos de un hombre de 55 años, tallado en la soledad, el ejercicio físico y una disciplina intelectual implacable que recuerda a los viejos estetas del rock de los ochenta. Un porteño de Palermo que no encaja en la caricatura del influencer juvenil, sino que opera desde la lucidez de un ensayista autodidacta y refractario a los templos corporativos. Un tipo que se viste con la elegancia de quien no le debe nada a nadie y que desafía los dogmatismos tanto del oficialismo como de la progresía dogmática. Qué significa eso! (una remera del disco My War de Black Flag) le preguntó Nancy Dupláa en el Recoleta Design en 1995 a la que él, conociendo su origen de telenovela Teen dejó atrás sin respuesta, viendo y disfrutando de que sus compañeras de “Clave de Sol” la agarraban y se la llevaban por no obtener respuesta alguna.

¿Por qué incomoda tanto? Porque desarticula el relato binario. En la Argentina del griterío, la libertad de pensamiento absoluto y el rigor de la razón son peligros públicos. Leiva no busca el aplauso fácil de la gilada ni la estructura prebendaria. Y cuando sus reflexiones sobre la infraestructura, el territorio y la soberanía ferroviaria —esa columna vertebral olvidada de la patria— logran permear hasta la mismísima agenda de Victoria Villarruel, propiciando reuniones insólitas como la que mantuvo con el sindicalista Rubén “Pollo” Sobrero, el sistema cruje.

Esa capacidad subterránea de agitar el tablero genera un desconcierto absoluto en el universo de Cristina Kirchner y el Instituto Patria. Para una dirigencia moldeada en la lealtad orgánica y la liturgia de masas, un perfil hiperautónomo y refractario no encaja en ninguna categoría de aliado o adversario clásico; se lo mira con la extrema cautela de quien observa un fenómeno hermético, un síntoma de una clase media urbana desencantada que opera por fuera del radar de la política tradicional.

No es casualidad que el nivel de efervescencia e imprevisibilidad sea tal que portales como Chequeado hayan tenido que gastar recursos en desmentir cumbres secretas y supuestas visitas domiciliarias entre la expresidenta y Villarruel en San José. El sistema político cruje tanto que los límites ideológicos se desdibujan, y cualquier rumor sobre un cónclave clandestino entre los supuestos polos antagónicos suena verosímil para una opinión pública habituada a un reality show de supervivencia.

Porque el verdadero poder teme a lo que no puede cooptar. Temen a la simbiótica alquimia donde la estructura institucional de una figura como Villarruel se cruza con el andamiaje conceptual de una pluma libre. Lo que asusta no es un “exótico de nicho”, sino la constatación de que la política real, la profunda, a veces se cocina en los márgenes de los escritorios solitarios, lejos del marketing y muy cerca de la historia grande.

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