La democracia argentina cumple cuatro décadas bajo el peso de un enigma irresuelto que atraviesa su historia reciente: la economía como el territorio donde los sucesivos gobiernos, sin distinción de matriz ideológica, fracasaron en su intento de consolidar un orden próspero y equitativo.
El libro Operación Argentina, concebido por la politóloga y periodista Astrid Pikielny junto a Andrés Malamud, funciona como una radiografía de esta frustración colectiva, utilizando la conversación como método para desentrañar las capas geológicas de un país que transita de la ilusión fundacional de 1983 al desencanto de la casta y, finalmente, al salto al vacío que representa la figura de Javier Milei.
Más allá de la coyuntura local, el fenómeno libertario se inscribe en una mutación global donde las derechas radicales han dejado de ser exóticas rarezas marginales para convertirse en el nuevo paisaje de Occidente, alimentadas por una profunda crisis de representación que impugna a una clase política sorda frente a las urgencias de la ciudadanía.
La narrativa oficial ha sabido capitalizar este descontento movilizando el concepto de casta contra los beneficiarios históricos del privilegio corporativo, pero el interrogante fundamental que plantea la obra excede con creces la mera contención inflacionaria: ¿es posible refundar la economía sobre los escombros de la integración social, prescindiendo de millones de habitantes marginados en los conurbanos que sostienen el entramado industrial, comercial y laboral de la vieja Argentina?
La respuesta a este dilema permanece en suspenso mientras el tablero político exhibe una asimetría radical donde el oficialismo avanza en absoluta soledad táctica.
Del lado opositor, el peronismo transita un laberinto de disputas internas e inanidad ideológica que paraliza su capacidad de reorganización, mientras que el electorado tradicional de centro-derecha y liberal deambula en la intemperie política, huérfano de liderazgos capaces de articular un proyecto alternativo.
Esta vacancia de representación revela que la crisis argentina no es meramente fiscal o monetaria, sino cultural y existencial, un síntoma crónico donde el tiempo dirá si la audacia de una estabilización económica logra trascender su propio presente o si, por el contrario, termina por profundizar los abismos de una sociedad que aún busca desesperadamente al artífice capaz de cuidar de sus huérfanos.
Carlos Alberto Leiva