La República del Acomodo

El periodismo oficialista sigue operando con la lógica de los patrones de estancia, repitiendo que Victoria Villarruel «no era nadie» antes de que el dedo presidencial la elevara por añadidura. La frase, escupida con desdén por Guillermo Francos, desnuda la fragilidad autoritaria con la que el poder lee su propia génesis.

Pero vale la pena detenerse en el argumento y desarmar la trampa. Acaso, ¿era alguien Milei con ese magro treinta por ciento de la primera vuelta? Se olvidan olímpicamente de que la arquitectura de esa victoria inicial dependió enteramente de una alquimia precaria y de un electorado harto que compró un paquete cerrado. Reducir a la vicepresidenta a un mero accidente histórico por carecer de un feudo feudal o de una estructura partidaria propia es no entender que la política contemporánea se alimenta de fantasmas mediáticos y de broncas pasajeras.

Lo notable es que, mientras los operadores de la Rosada discuten si los votos de Juntos por el Cambio se heredan mediante un pacto de cúpula —como si los ciudadanos fueran ganado que se arrea de un corral a otro—, la realidad se les retuerce en las manos. Esos votos no se suman de forma directa; hay que conquistarlos, hay que seducirlos, y la evidencia empírica muestra que esa transferencia automática no está sucediendo. Pretender fagocitar al votante moderado a fuerza de agravios y disciplinamiento ideológico es una pésima lectura de un país que ya está cansado de los mesías de barricada.

Ahí es donde se abre la verdadera grieta, la que separa a la casta digital de la política real. Si la salida a esta encerrona berreta no es la profundización de la grieta ni el sometimiento a los caprichos del círculo rojo, la alternativa empieza a tomar cuerpo por otro lado. Para quienes miramos este sainete desde los margenes del centro político, la única bisagra institucional capaz de ordenar el descalabro pasa por otro lado: es con Victoria en la boleta, es con Victoria construyendo anclaje y es con Victoria liderando un armado nacional que entienda que la república no se gobierna a tuitazos limpios.

Carlos Alberto Leiva

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