La metamorfosis del ajuste: del “pedo de buzo” a la paciencia de los veinte años

El tránsito de la promesa eufórica a la resignación técnica es, quizás, el síntoma más revelador del experimento económico actual en la Argentina. Aquellas imágenes pintorescas con las que se inauguró la gestión —la economía subiendo «como pedo de buzo» y la promesa de que los dólares brotarían «por las orejas»— no eran meros exabruptos comunicacionales, sino los cimientos de un relato fundacional: la convicción de que el ajuste brutal no sería más que un trámite fugaz, el umbral inmediato hacia el paraíso del primer mundo. Sin embargo, la colisión con la realidad material de los sectores productivos y de los hogares modificó drásticamente el registro discursivo del poder.

Hoy, la épica del despegue vertical ha sido reemplazada por el realismo de la escasez y la pedagogía de la paciencia. Las recientes declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, al admitir que «dentro de dos años todavía va a haber gente que no llegue a fin de mes» y sentenciar que él no puede «hacer magia», marcan un punto de inflexión. El horizonte temporal se estira de manera impiadosa: de la inmediatez del rebote prometido se pasa a la consigna de que, con «perseverancia», el país recién será otro dentro de veinte años.

Este corrimiento temporal expone la contradicción central del modelo. Mientras la macroeconomía celebra la baja del déficit y la contención de la inflación a fuerza de una feroz contracción monetaria, la economía real experimenta la desarticulación de su entramado fabril y el ahogamiento del consumo interno. La confrontación entre la visión oficial —que considera a la industria protegida como un lastre ineficiente a erradicar— y los reclamos sectoriales sobre la destrucción del empleo formal pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿es un colapso transitorio o la liquidación definitiva de una matriz productiva histórica?

Al final, la transformación del «pedo de buzo» en el «no puedo hacer magia» encierra una profunda paradoja política. Se exige a la sociedad un acto de fe a dos décadas, naturalizando la exclusión presente como un daño colateral inevitable de la reconversión. La promesa inicial de un banquete inmediato mutó en un ajuste a plazo fijo, donde la única certeza es que la espera se prolonga indefinidamente, mientras la heladera cotidiana sigue vacía y el futuro se posterga para cuando ya nadie lo recuerde.

Carlos Alberto Leiva

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