La dictadura del molde único: cuando el poder quiere elegir a sus oponentes

La democracia no se cae de golpe con tanques ni con pañuelos militares en la televisión. A veces se va apagando despacito, de forma silenciosa, disfrazada con palabras lindas como “modernización”, “orden” o “transparencia”. Eso es exactamente lo que asoma detrás de la nueva reforma política que impulsa el Gobierno: una movida que, con la excusa de limpiar el sistema de partidos truchos, pone exigencias tan imposibles que amenaza con dejar fuera de la cancha a una enorme cantidad de fuerzas políticas y terceras vías.

Cuando el poder de turno cambia las reglas del juego a su medida para achicar el mapa y dejar solo a los grandes aparatos de siempre, cruza una línea muy peligrosa. Eso ya no es buscar eficiencia; es una forma elegante de silenciar al que molesta, de ahogar al que disiente y de querer aniquilar al adversario por la vía legal y burocrática. Nos quieren encorsetar en una grieta vieja, obligándonos a elegir entre cuatro estructuras vetustas y gastadas, en lugar de dejar que respire una sociedad viva, llena de miles de voces distintas, con sus matices, sus broncas y sus proyectos nuevos.

Esa pretensión de borrar al diferente golpea directo en las fibras más íntimas de nuestra historia republicana. Porque se supone que la política está para abrazar la decencia y la defensa inclaudicable de las instituciones frente al atropello del poderoso; se nutre de la convicción fervorosa de no entregar las banderas populares ni dejar que la prepotencia del Estado doblegue la voluntad colectiva; y late también en la legítima aspiración de ordenar la patria desde el respeto irrestricto a la ley, sin que el orden se convierta en la excusa perfecta para pisotear la pluralidad.

Hay una tentación autoritaria muy vieja que vuelve a asomar cuando se confunde el orden con la uniformidad. Prefieren el silencio cómodo de un sistema controlado antes que el ruido áspero, libre y necesario de la discusión política. Buscan que la periferia desaparezca, que los partidos chicos o emergentes no tengan herramientas para pelearla y que la política sea un club cerrado para pocos.

Pero la esencia de una república verdadera es exactamente la contraria: se trata de que entren todos, de que nadie use la ley como un garrote para borrar al que piensa distinto, y de que la gente tenga la libertad real de elegir entre mil opciones y no entre las únicas que el poder decide habilitar. Porque si para gobernar hay que apagar las voces de los demás y achicar la cancha hasta que solo queden los amigos del campeón, lo que terminamos construyendo ya no es una democracia, sino una dictadura con ropaje democrático que te deja votar, pero te prohíbe elegir de verdad.

Carlos Alberto Leiva

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