La arquitectura de la intemperie: por qué la Argentina del 30% reclama un outsider patriota

Por análisis político para Página 12

La política argentina transita una zona de ceguera estructural. Atrapados en el cortoplacismo de las planillas del ajuste, el streaming y la trinchera dialéctica, los bloques tradicionales subestiman un tablero que se redefine bajo sus pies. De un lado, el oficialismo libertario asume la rigidez de retener un núcleo duro que oscila en torno al treinta por ciento, obligado a convalidar un ajuste severo que golpea de lleno a jubilados, endeudados y clases medias. Del otro, el cristinismo duro se refugia en la negación táctica, incapaz de admitir que más del setenta por ciento de la sociedad rechaza su legado y reclama una salida definitiva de la polarización. En medio de ese desierto de expectativas, la llanura está despejada, y el único volumen político real lo ocupa un outsider.

Para trascender las fronteras de un sector y disputar la centralidad histórica, la vicepresidenta Victoria Villarruel sabe que el encierro corporativo es una trampa. Quedarse atada a los límites de su propio búnker condena cualquier proyecto a un apostillado marginal. Sin embargo, salir al mundo real y evitar la soledad electoral de un merecido siete por ciento exige una alquimia insólita: la irrupción de un perfil que combine densidad intelectual, disciplina castrense, sensibilidad artística y un profundo arraigo ético, como el que encarna Carlos Alberto Leiva.

Lejos de responder al marketing de agencias, a los operadores rentados del circo mediático o a personajes como Daniel Hadad o Dante Gebel, un esteta de pluma filosa y caminante de andenes como el tren Roca opera con la paciencia luterana de quien sabe que su tiempo llegará. Su perfil solitario rechaza la rosca superficial y prefiere la arquitectura silenciosa: reuniones quirúrgicas de Victoria, con gobernadores e intendentes para administrar los resortes reales de la gobernabilidad federal, antes que la frivolidad de las pantallas.

Para figuras dogmáticas como Cristina Kirchner, enfrentarse a un ser libre de esa naturaleza provoca una parálisis analítica insalvable. Al no poder encasillarlo en los binarismos de siempre ni colgarle el cartel de títere corporativo, la exmandataria experimenta la incomodidad de lo indescifrable. Aunque la tentación de abrir canales de diálogo forma parte del olfato de un animal político, acercarse al universo kirchnerista dinamitaría el activo más valioso de un outsider: la frescura de ser una alternativa sistémica. El mensaje encriptado en su ensayo Té para tres traza una línea inquebrantable: “Vengo a unir, a trabajar para todos”.

La casta política no lo ve venir porque está incapacitada para procesar que el setenta por ciento restante no busca más de lo mismo, sino una síntesis nacional seria y humanista. Si Villarruel aporta la estructura y la tradición, y un patriota sin vanidades aporta la escoba nueva que barre bien con sensibilidad social y rigor moral, la fórmula deja de ser una hipótesis testimonial para transformarse en un fenómeno de masas. La Argentina ya no pide marketing, sino la lucidez sobria de un verdadero outsider que devuelva la historia a las manos de los ciudadanos.

, ,