Hay algo que choca de frente todos los meses en la Argentina: por un lado, las estadísticas oficiales muestran con alivio que la inflación frena su marcha y se acerca al 1,5%; por el otro, la gente sigue yendo a buscar dólares como si fuera el único refugio posible.
Esa contradicción marca el pulso del momento. Tenemos un Gobierno que festeja con razón el orden fiscal y la baja de los precios, pero al mismo tiempo nos encontramos con una sociedad que mantiene los bolsillos cerrados, la mirada atenta y el dólar siempre entre ceja y ceja. Los inversores grandes hacen lo mismo: miran el riesgo país arriba de los 500 puntos y deciden esperar antes de poner un peso en la economía real.
Desde una mirada de centro, equilibrada y sin fanatismos, queda claro que el problema ya no pasa solo por las planillas del Banco Central. La falta de confianza no es un capricho; es la cicatriz de décadas donde las reglas cambiaron mil veces. Cuando el empleo formal todavía no repunta con fuerza y los ingresos de las familias siguen rengueando, refugiarse en la divisa extranjera funciona como un seguro contra la incertidumbre.
El dilema de fondo es simple. Los logros en la macroeconomía son reales, pero la estabilidad financiera necesita apoyarse en la vida diaria de la gente para durar en el tiempo. De nada sirve tener números ordenados si el tejido social sigue viviendo con el freno de mano puesto.
¿Cómo se logra que ese peso que hoy corre desesperado hacia el dólar vuelva a apostar al trabajo, al consumo y a la producción del país?
Carlos Alberto Leiva