El precio de la palabra: cuando la vieja política intenta explicar el presente

El aire de la política argentina huele a plomo viejo y a encuestas de humor social que cambian de bando con la velocidad de una ráfaga de redes sociales. Del otro lado de la pantalla, un usuario escéptico y un asistente de inteligencia artificial afinan la mira sobre una misma pregunta que recorre las mesas de los cafés de Buenos Aires y los pasillos del Congreso: ¿cuánto vale hoy la palabra de la casta política?

Fuera de los laboratorios algorítmicos, la calle responde con silencio o con bronca. Miguel Ángel Pichetto, un veterano de mil batallas legislativas, alza la voz para cruzar los insultos presidenciales y recordar que el kirchnerismo conserva una intención de voto terca y alta, mientras tilda de argumentos frágiles las excusas oficiales sobre el endeudamiento de los hogares. Su diagnóstico es frío, táctico, propio de quien lleva décadas midiendo el pulso del poder real. Pero la gran paradoja contemporánea es que, cuando habla la política tradicional, el peso de su decir choca contra el muro de un profundo desprestigio cultural.

La palabra de la llamada casta se devaluó en el mercado de la credibilidad pública. Quedó atrapada en la brecha entre las promesas de bonanza y los ajuste cotidianos, en la distancia insondable entre el sueldo de un legislador y el changuito de un jubilado en el conurbano bonaerense. Para una sociedad que votó disrupción y hartazgo frente a los privilegios corporativos, las advertencias de los dirigentes de siempre suenan a defensa corporativa o a especulación electoral.

Sin embargo, en la trastienda de la República, esa misma palabra vale y pesa. La política tradicional administra los resortes materiales de la resistencia: los bloques parlamentarios, las gobernaciones, los pactos que tumban vetos o habilitan leyes. Pichetto lo sabe y lo opera desde su banca. Su voz ya no convoca a la épica, pero conserva la potencia de un sismógrafo: avisa cuando la macroeconomía muerde los cimientos de la calle y cuando la prepotencia del poder desatiende los límites institucionales.

Entre el algoritmo que procesa datos sin pasión y la ciudadanía que agota su paciencia, la palabra de la política se debate hoy entre la irrelevancia moral y la persistencia táctica. Vale poco para curar las heridas del presente, pero sigue costando carísimo a la hora de decidir si el país se encauza o se despeña.

Carlos Alberto Leiva

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