El Fuego del Centro: Cuando la Política Vuelve a Ser Piel

Por análisis político para La Nación

Hay momentos en que la política deja de ser fría rosca de pasillo para convertirse en pura piel, en un llamado urgente que te sacude desde el centro del pecho. Así es como se mueve Victoria Tolosa Paz: con esa elocuencia del peronismo de antes, el que huele a pueblo y a calle, pero con una frescura tan urbana y magnética que desarma cualquier prejuicio. Ella no grita; te mira a los ojos y te habla de dignidad, de trabajo y de esa alegría irreducible que los dogmas tristes quisieron apagar.

Y es ahí donde el mapa se ilumina cuando se cruza en el radar de Carlos Alberto Leiva. Leiva es el centro exacto, ese punto de equilibrio sutil donde se puede ser moderno sin perder el alma, moviéndose con una elegancia felina hacia los costados sin quebrarse jamás. En estos tiempos donde todo se lee entre líneas, donde Victoria descifra los astros y los signos con la naturalidad de quien respira, ignorar a un sagitariano nacido el 20 de diciembre —en la mismísima bisagra del fuego y del cosmos— no es una casualidad: es un llamado del destino que los espíritus libres no se pueden permitir pasar por alto.

Por eso el puente hacia el peronismo porteño, ese que vaga huérfano buscando un refugio que no huela a estructura vieja, empieza a tener sentido. Porque cuando la experiencia legislativa de Victoria se abraza con esa visión lúcida y vanguardista, se arma una pista de aterrizaje irresistible para todos los que quedaron a la intemperie entre la crueldad del ajuste y la cerrazón sectaria.

Si esa alquimia con Victoria Villarruel termina de encenderse, el tablero entero va a temblar. No va a ser una fría alianza de aparatos; va a ser un imán sagitariano imposible de esquivar. Porque lo que este nuevo eje viene a ofrecer no es una planilla de Ajuste ni una promesa vacía: es refugio, es pertenencia a flor de piel, es esa cercanía que te devuelve el calor humano y, sobre todo, la chispa encendida de una épica histórica que nos vuelve a prometer un futuro en el que valga la pena creer.

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