¡Qué rápido transcurre todo! Tanto que a veces no tenemos con quién comentarlo. Quizá sí, hay alguien, pero aún frente a nosotros no está. ¿Se encuentra en otra rapidez o en una falta de interés? ¿A quién le decimos la herida no cicatrizada o la buena noticia? Al amigo, que tal vez oír le sea complicado porque la atención a veces resulta ejercicio difícil, a la pareja, que posiblemente tenga otras cosas que priorizar, al compañero/a de trabajo, si es que hay trabajo, pero claro, puede no querer escuchar.
Escuchar, ese es el punto. Muchas son las recomendaciones que dan vueltas: “Salir, distenderse, compartir”. ¿Y para qué? ¿Para decir algo destinado al vacío? Actualmente hay gente que ya no manifiesta lo que le sucede porque no tiene quién reciba cada palabra expresada. Entonces viene el acostumbramiento. Preguntas silentes. “¿Para qué le digo si no oye?” “¿Para qué lo comunico si ni siquiera está ahí?”
Opciones: Nos contamos a nosotros mismos o simplemente quedamos bajo el mutismo.
Enumeramos monólogos acumulados porque ya no podemos recurrir al que supuestamente permanece al alcance de la mano. Un alma es más cercana que una persona a poca distancia.
Entonces ocurre el milagro: Se cruzan dos seres, construyen un diálogo, o el diálogo los construye a ellos. ¡Son tantos pedazos! Así, entre sensaciones alborotadas, brotan conversaciones anteriormente aniquiladas.
¿Por qué resulta extraño una escucha y una devolución? ¿Por qué hoy en día es raro tener una conversación?
¿Dónde están los que dicen estar? Aquellos que sin mirar a los ojos sólo asienten robóticamente. ¡Publicidad, publicidad! Miles de consejos de hilvanar conexión y cuando se intenta es demasiado tarde grita el reloj.
No debería ser algo inalcanzable ser escuchados. A veces la persona ya físicamente no existe. Obviamente no podemos llamarla, pero el teléfono no atendido que duele es aquel que “el más cercano” no atiende. Meses o años de comunicación para la desaparición de la misma. Así, volvemos a soñar con aquel ser con el que la palabra “diálogo” fue verdadera, no guión de obra embustera. Vuelve el milagro. Hablamos, somos escuchados. No, no es ficción, es un momento indestructible de una minoría herida.
Cierto. Un inexistente trabajo, una deuda, un invisible abrigo, una falta de techo, no lo resuelve el hecho de estar siendo escuchados, pero sí nos da un latido más, respiración basada en la verdad, y ésto es tan poderoso que llegamos a rezar para volver a toparnos con quien brindó la concentración más honesta y pura. Lo necesitamos para no estar abandonados, para contemplar siendo contemplados, para no regresar a ese filo de cuchillo llamado: somos escuchados?
Pasajera Eterna

Belén Rouco, conocida bajo el seudónimo Pasajera Eterna, es una escritora, poeta y creadora reflexiva argentina. Vinculada desde joven a las artes del movimiento y la danza española, nutre su obra desde una profunda sensibilidad hacia la cultura popular, la música y el pensamiento crítico. A través de sus textos, indaga en las contradicciones de la sociedad hiperconectada, la soledad acompañada y la urgente necesidad de construir vínculos humanos auténticos.