Cada vez que la economía cruje y los números de los combustibles no cierran, aparece en escena el mismo argumento: las “externalidades”, la urgencia climática y la necesidad imperativa de ser más verdes. La pregunta inevitable surge de inmediato: ¿buscamos ser más ecológicos que nadie a fuerza de cortes obligatorios en los tanques, o estamos usando el ambientalismo como un comodín discursivo?
Para despejar el ruido ideológico, hay que mirar el tablero con pragmatismo. Y un dato inicial desarma cualquier relato dogmático: la atmósfera es una sola. No existe una porción de aire argentina separada de otra francesa o china.
Dos actores, dos urgencias
Detrás de la pulseada por los porcentajes obligatorios de bioetanol y biodiésel no hay una cruzada mística por el planeta, sino una negociación descarnada por la renta económica. Del otro lado del mostrador juegan dos intereses muy concretos:
- El Estado nacional (la caja y los dólares): A la administración central le importa más la balanza comercial que el color del combustible. Su incentivo es recaudar y captar divisas. Prefiere que la soja o el maíz se exporten como grano o aceite bruto para retener un porcentaje vía impuestos (retenciones) y robustecer las reservas. Cuando el mercado internacional rinde más afuera, al fisco le incomoda que esa materia prima quede atrapada en el mercado interno a precios regulados.
- Las provincias (las economías regionales): Para distritos productivos como Córdoba, Santa Fe, Tucumán o Entre Ríos, el biocombustible es sinónimo de valor agregado en origen. Si se limita la producción local a la venta de grano sin procesar, se debilita el tejido industrial, se destruyen empleos y se ahoga a las pymes locales. El corte obligatorio funciona, en los hechos, como un salvavidas que les garantiza un mercado cautivo frente a los vaivenes externos.
El costo de la asfixia centralista
Cuando se asfixia a las provincias con regulaciones rígidas, retenciones mal calibradas y una falta cruda de infraestructura, el problema no es solo energético: es un modelo de país que frena su propio motor.
Una visión verdaderamente federal y pragmática entiende que no se puede seguir exprimiendo al interior productivo para sostener la caja central. La salida lógica no pasa por imponer cargas artificiales al consumidor en el surtidor ni por regirse bajo exigencias foráneas que funcionan, muchas veces, como proteccionismo comercial encubierto de los países desarrollados.
El camino exige una ecuación distinta:
- Menos parches normativos: Abandonar los subsidios encubiertos que terminan pagando los bolsillos locales.
- Más infraestructura real: Invertir en logística, rutas, trenes y puertos eficientes para bajar el costo argentino.
- Libertad para producir: Permitir que las economías regionales compitan por eficiencia genuina, industrializando su materia prima sin que el Estado las asfixie.
¿Qué opinás de este equilibrio entre liberar la capacidad exportadora del interior y cuidar el costo de vida en los centros urbanos?
Carlos Alberto Leiva