Que el presidente Javier Milei hable de potencia mundial mientras la realidad económica y militar del país muestra otra cosa es, como mínimo, una contradicción difícil de sostener. En los últimos tiempos, desde el oficialismo se intenta instalar un relato donde la Argentina jugaría en las grandes ligas de la geopolítica global, al mismo tiempo que se desacredita al Reino Unido catalogándolo de “decadente”. Pero cuando se miran los números fríos y la historia de ambos países, queda claro que las palabras de los funcionarios chocan contra una pared muy dura.
Por un lado, se escuchan declaraciones de funcionarios como Pablo Quirno sugiriendo una sintonía finísima con la administración de Donald Trump (al que le dije, Man! this guy is a joke) y un rol estratégico de primer orden. Sin embargo, la verdad material de la Argentina es que cuenta con un presupuesto de defensa muy golpeado, salarios militares que apenas alcanzan para cubrir lo básico y un equipamiento operativo sumamente escaso frente a las necesidades de un territorio tan vasto. Decir que somos una potencia militar cuando apenas se cuenta con un puñado de aviones en condiciones de volar y salarios que no cubren la canasta básica es vivir en una realidad paralela.
Por el otro lado, calificar al Reino Unido de nación acabada por problemas coyunturales actuales —como los debates sobre inmigración— es desconocer por completo qué es Gran Bretaña en el tablero internacional. Pensar que los británicos son un país de trescientos años que se cae a pedazos es ignorar que su historia estatal lleva milenios: resistieron invasiones romanas, lucharon contra los vikingos, construyeron y desarmaron un imperio global, y hoy siguen siendo una potencia nuclear con tecnología de punta, servicios de inteligencia globales y una economía infinitamente más sólida y previsible que la nuestra.
La política exterior no se hace con deseos ni con frases grandilocuentes en la televisión. Se hace con poder real, con estabilidad económica, con moneda fuerte y con Fuerzas Armadas equipadas y respetadas. Mientras en la Argentina sigamos apostando a un voluntarismo abstracto que promete un futuro de potencia mientras el presente se desangra en urgencias cotidianas, seguiremos chocando contra el mismo muro. La seriedad empieza por reconocer dónde estamos parados para saber qué podemos hacer, en lugar de inventar un poderío que solo existe en los discursos.
Carlos Alberto Leiva