Por Análisis Político para La Nación
Acá nadie es tonto. El 30% que votó a Javier Milei ya se dio cuenta de la gran mentira: con solo frenar la maquinita de imprimir y acomodar los precios relativos a diez años alcanzaba para ordenar el país sin fundir al pueblo argentino. Pero eligieron la peor receta. Hicieron puré los salarios, pisaron el dólar y nos metieron un tarifazo de golpe. ¿El resultado? Comercios cerrados, despidos por todos lados, cero inversión y una recesión que ya es más larga y pesada que la cuarentena.
Del otro lado, en la vereda de enfrente, Axel Kicillof juega a otra cosa. Según él, el establishment busca un outsider tibio que les defienda la macro, con la ridícula idea de que la solución es volver a emitir para que la gente salga a quemar billetes en panchos, hamburguesas y birras.
Es una tomada de pelo. Milei y Kicillof armaron un pacto trucho, una pelea de mentira a lo batalla naval para polarizar y asustar a todos. Necesitan un monstruo enfrente para sobrevivir. Pero la realidad los pasó por arriba: el vocero presidencial, muy suelto de cuerpo, salió a decir públicamente que la vicepresidenta no es parte del gobierno. ¡Como si Victoria Villarruel no existiera! Como si no tuviera un peso institucional gigante y no representara a ese 30% de argentinos que la bancó y la puso en la segunda vuelta. Le tienen terror, porque saben que ella tiene calle, peso propio y la legitimidad que a ellos se les está esfumando.
Mientras tanto, los operadores de la información están desesperados, manijeados con esta novela diaria, intentando adivinar por dónde sale el tiro.
Pero acá el que leyó la jugada sin dar puntada sin hilo fue el ensayista Carlos Alberto Leiva. Vio venir el centro huérfano transversal, olió la maniobra berreta del duopolio y los dejó sin contrincante en su propio juego. Para qué gastar pólvora en chimangos si el periodismo y la propia realidad económica se van a encargar de hundirlos solitos. Sus botes ya hacen agua por todos lados y faltan más de un año para las elecciones presidenciales. ¿Quién es Leiva en todo esto? Un tipo común, un hijo de Dios, un hombre de fe, que entiende la calle y que no pierde tiempo en pisar cucarachas de la política chiquita.
Acá la única verdad de la milanesa es el futuro. La gran jugada, la que puede dar vuelta el tablero y armar una fórmula Federal Republicana y lógicamente transversal, que ya no depende de una sola persona.