Hay que reconocerle un mérito indiscutible al Louvre de la decadencia nacional: logró transformar la banca de la Nación en un set de TikTok donde el prestigio se mide en seguidores, la profundidad ideológica entra en un reel de quince segundos y la empatía con los ciudadanos se reduce a explicarles, con total liviandad, que agradezcan que no les rompen las piernas frente al agobiante drama de las familias endeudadas. En ese casting permanente de la antipolítica, Lilia Lemoine se aferró al protagonismo con la desesperación de quien confunde la liturgia republicana con una convención de cosplay, cambiando las leyes por catarsis berretas y su sueldo de diputada por una cruzada digital contra Victoria Villarruel y Marcela Pagano.
El problema de las pasarelas ideológicas es que, cuando se apagan las luces del streaming, la realidad suele cobrar factura. Mientras Lilia pasaba las semanas cultivando su inimputable monopolio del escándalo, olvidó un detalle menor: para legislar hay que levantar algo más que la mano o el teléfono para grabar agravios. Y claro, cuando el “pensamiento único” se reduce a aplaudir con fervor de barra brava y repetir libretos ajenos, el vacío intelectual se nota demasiado. Las batallas campales en redes contra Pagano o los desplantes a la Vicepresidenta no eran más que cortinas de humo para disimular un expediente parlamentario tan blanco como la conciencia de un financista.
Por algo este tren fantasma ya circula con los vagones bastante despoblados. Varios de los ilustres pasajeros de la primera hora, como Adorni o Espert, ya tomaron distancia o reconfiguraron su recorrido para no quedar pegados al descarrilamiento estético de la tropa digital. A Lilia le tocó ser la última nostálgica de un vagón que se quedó sin rieles, intentando sostener con muecas y filtros de Instagram un circo que ya ni los propios aplauden.
Del otro lado, las recién llegadas del mundo del espectáculo vinieron a demostrar que el ridículo es una categoría inagotable. Entre diputadas que arman berrinches televisivos porque les tocan los criaderos de perros y colegas que filman spots publicitarios en funerarias con la delicadeza de una picada de fiambre, el bloque libertario terminó convertido en un varieté donde lo único que escasea es la decencia institucional.
Por eso el repliegue quirúrgico de Karina Milei no es más que una dosis masiva de realidad. Expulsar del paraíso a este séquito de influencers subestimadas no es un acto de crueldad, sino de supervivencia estética y política. Al fin y al cabo, gobernar un país en llamas exige algo más que caras bonitas, gritos de panelista de chimentos y comentarios insensibles sobre la timba financiera de los laburantes. Lilia y compañía creyeron que el Estado era su club privado de TikTok, pero descubrieron demasiado tarde que el poder, cuando se vacía de contenido, no tarda en devolverlas al lugar de donde nunca debieron salir: la irrelevancia absoluta.
Carlos Alberto Leiva