El orden no es de derechas ni de izquierdas: soberanía, firmeza y humanidad frente al colapso de las fronteras

El debate migratorio que sacude a España y a Europa a raíz de la crisis en Ceuta expone una falla profunda en nuestra brújula moral y política. Asistimos a una polarización estéril donde los extremos intentan apoderarse de un dilema que exige, ante todo, sentido común, mesura y una profunda fibra humana.

Por un lado, resulta inaceptable ver cómo se vacía de contenido el humanismo cristiano, reduciéndolo a un eslogan ideológico o a la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Pretender que la defensa de nuestros valores pasa por ignorar la tragedia humanitaria de miles de seres humanos despojados de todo es desnaturalizar la esencia misma de nuestra civilización. Un cristianismo que justifica la indolencia o el desprecio por el prójimo deja de ser cristiano para convertirse en una caricatura fría y deshumanizada.

Pero caer en el extremo opuesto, abogando por la ingenuidad institucional y la renuncia a la ley, es igual de peligroso. El orden no es patrimonio exclusivo de la derecha ni un monopolio ideológico del conservadurismo; es la condición de posibilidad indispensable para que cualquier sociedad libre pueda subsistir. Ningún Estado moderno puede renunciar a la defensa de sus fronteras, ni abandonar el principio básico de soberanía que garantiza la seguridad y la convivencia pacífica de sus habitantes. España no puede permitirse el lujo de descuidar sus límites territoriales ni dejar a su ciudadanía en la indefensión bajo la coartada de un buenismo mal entendido.

La verdadera respuesta desde el centro político no cede ante el falso dilema de elegir entre la caridad y la ley. La convivencia democrática exige firmeza en el control fronterizo, porque sin fronteras seguras no hay Estado de derecho, pero también exige eficacia, cooperación internacional y humanidad en la gestión migratoria. Gobernanza estricta y solidaridad real no son conceptos contradictorios, sino las dos caras de una misma moneda que España y Europa necesitan con urgencia para no perder el norte.

Carlos Alberto Leiva

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