De dinamitar el Banco Central a negociar ley por ley

El paso del vértigo refundacional al pragmatismo de trinchera sintetiza la mutación política que atraviesa la gestión de Javier Milei. Aquella promesa inicial de “dinamitar” las estructuras del Estado y gobernar mediante la imposición de un dogma inquebrantable chocó de bruces contra la cruda realidad de un Parlamento atomizado. Hoy, el oficialismo cambió la épica de la confrontación total por el intercambio menuda de favores y concesiones, revelando los límites estructurales de gobernar sin minorías automáticas ni anclaje territorial sólido.

En el centro de esta metamorfosis se encuentra el dilema táctico que administran con celo los hermanos Milei. Para el Presidente, ceder en puntos específicos como la baja del IVA a la harina de mandioca para retener a los bloques provinciales o retocar el “Súper RIGI” ante la presión de la Unión Industrial es un peaje menor que se paga para evitar la parálisis de la macroeconomía. Sin embargo, este ejercicio constante de realpolitik erosiona el activo más preciado del espacio libertario: la pureza discursiva. Al sentarse a negociar “ley por ley” con los mismos actores que catalogaban de “casta”, el Gobierno desdibuja los contornos de su relato épico y se expone al desgaste de la rosca tradicional, un terreno donde las reglas no las fija la ideología, sino la correlación circunstancial de fuerzas.

Las consecuencias de este viraje operan como un juego de suma cero donde cada sector redefine su posición. Las provincias, aglutinadas en nuevos armados dialoguistas, recuperaron un poder de veto y de negociación que creían perdido, transformando las necesidades de la Nación en una ventajosa ventanilla de rescates para sus economías regionales. Para el pueblo argentino, en tanto, este pantano legislativo se traduce en una doble frustración: mientras la política se enreda en el toma y daca por blindar directorios bancarios o retocar regímenes de incentivos, las urgencias sociales —como la emergencia en discapacidad o el endeudamiento familiar— quedan rehenes de una pulseada donde la sensibilidad ciudadana suele subordinarse al cálculo electoral.

A meses de iniciar el tramo decisivo hacia la contienda presidencial, este escenario plantea una paradoja peligrosa para La Libertad Avanza. Mostrar capacidad de adaptación y evitar derrotas estrepitosas en el recinto garantiza la supervivencia administrativa, pero disfraza una debilidad crónica de gestión que el votante indócil puede leer como falta de previsibilidad. El tránsito desde la demolición discursiva hacia el pacto de supervivencia legislativa demuestra que el poder real en la Argentina no se decreta desde las redes sociales, sino que se convalida en los pasillos ásperos del Congreso, donde las convicciones puras suelen fundirse en el molde gris de la negociación.

Carlos Alberto Leiva

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