Hay dolores que no hacen ruido, pero que vacían las mesas y apagan las casas. Es el silencio de quien mira una boleta de luz impagable, el pasillo de un hospital público sin insumos o el aula universitaria donde los pibes aprenden a la luz de un celular porque no hay plata para encender las estufas. Nos dijeron que el sufrimiento era inevitable, un peaje obligatorio hacia un futuro mejor. Pero cuando el ajuste se convierte en un fin en sí mismo, cuando la motosierra corta la carne viva de la clase media y de los que menos tienen, el sacrificio deja de ser épica para transformarse en crueldad.
La realidad nos golpea en los detalles más cotidianos. Mientras las universidades públicas mendigan el cumplimiento de una ley y los salarios se pulverizan bajo el peso de un reacomodamiento de precios tarifarios insoportable en un solo período, el Estado mueve millones por decreto para las fuerzas de seguridad. No se trata de negar la tarea de quienes nos cuidan, sino de evidenciar las prioridades: hay chequera rápida para el uniforme y desprecio absoluto para la educación y el trabajo que sostienen al país. Insistir con un shock asfixiante sobre una sociedad que viene de soportar una inflación devastadora no es la solución; es elegir empobrecer deliberadamente al pueblo argentino.
La Argentina no se salva destruyendo a su gente. La macroeconomía no es una planilla de Excel que da perfecta mientras la vida real se desmorona en la calle. Un país no es grande por el superávit de sus bancos si sus jubilados coleccionan medicamentos o si sus maestros caminan con los zapatos rotos. No se puede construir un destino luminoso sobre las ruinas de la educación, del trabajo digno y de la salud pública.
Gobernar no es someter, ni repartir privilegios a los de siempre mientras al trabajador se le exige una paciencia infinita que ya no tiene. Tampoco es atrincherarse en el látigo y en la lógica del enemigo. La verdadera audacia, esa que de verdad transforma la historia, no es la que divide a la patria en bandos irreconciliables, sino la que tiene la grandeza de escuchar el dolor del otro y planificar un futuro con acuerdos a largo plazo que nos incluyan a todos.
Todavía hay tiempo de torcer el rumbo antes de que el daño sea irreparable. La grandeza de un liderazgo se mide por su capacidad de abrazar a los que sufren y de gobernar para las mayorías, no por cuántos deja atrás en el camino. Sanar este país herido no requiere de autoritarismo, sino de sensibilidad, de acuerdos profundos y de la convicción sagrada de que nadie sobra en nuestra tierra.
Carlos Alberto Leiva