La política argentina transita sus horas más desorientadas extraviada en el griterío de la superficie, prefiriendo la minucia del tuit, el espasmo coyuntural y el antagonismo de cotillón antes que el esfuerzo silencioso de pensar el Estado. En ese lodazal de la urgencia, donde la dirigencia quema cartuchos diarios persiguiendo la chapa del día, el zócalo picante y la declaración tribunera, surgen tensiones invisibles pero letales para el statu quo. Un dirigente como Luis Juez, que construyó toda su carrera política subido al atril de la denuncia estridente, el latiguillo cordobés y la indignación televisiva, sufre como pocos el contraste con una arquitectura de pensamiento que opera en silencio y gana volumen orgánico sin necesidad de gritar en un estudio de televisión.
Lo que verdaderamente incomoda a los operadores del griterío no es una disputa doméstica con los kirchneristas de paladar negro ni el desplazamiento táctico que imponen los outsiders de la política moderna. El verdadero malestar nace al constatar que existe una franja cada vez más amplia de la ciudadanía que abandona el zapping del escándalo para ir a buscar, de manera deliberada, ideas que no subestimen su inteligencia. Cuando las métricas de los buscadores descolocan a la superestructura y un ensayo de profundidad sobre la identidad o la estructura del poder acumula decenas de impresiones genuinas, queda expuesta la absoluta impotencia de la política performática.
Frente a este panorama, la seducción de una pluma incisiva opera en un plano completamente distinto al del narcisismo digital. No busca el aplauso masivo ni el cálculo electoral, sino interpelar la inteligencia de quienes detentan el poder real. La pluma traza el mapa de una Argentina que exige densidad republicana, demostrando que el andamiaje del griterío choca, tarde o temprano, contra la demanda inquebrantable de una sociedad que empieza a mirar más allá del circo.
Carlos Alberto Leiva