El negocio de la grieta o la vida real

La trampa de elegir entre la fotocopia del pasado y la promesa de un futuro eterno es el juego perfecto para que nada cambie. Nos han convencido de que la política es un ring de boxeo donde solo hay dos esquinas, y que si te salís de ese cuadrado te convertís en un náufrago. Pero la realidad es mucho más terrenal y cansadora que esa pelea de hinchadas.

Por un lado te venden el miedo a volver al colapso, a la maquinaria de imprimir billetes que te disuelve el sueldo en el changuito del supermercado. Por el otro, te exigen fe ciega en un ajuste que sanea los números de la macroeconomía mientras la microeconomía se vuelve una pelea diaria contra la corriente. Te piden que aplaudas un excel mientras el alquiler te come medio mes y la changa escasea. Y entre los dos extremos, arman un cerco invisible para que nadie pregunte si hay algo más.

La trampa no es solo ideológica, es de sentido común. Nos hicieron creer que la única forma de gobernar es elegir quién te ajusta con épica o quién te arruina con desorden. Y el truco funciona porque el bolsillo apreta tanto que no deja espacio para pensar por fuera del molde.

Pero la calle vibra en otra sintonía. Nadie se levanta a las cinco de la mañana pensando en si el superávit fiscal es primario o financiero; se levanta pensando en cómo pagar el colectivo, si el laburo va a seguir el mes que viene o cómo hacer malabares para que los chicos no recorten las cuatro comidas. Cuando la política se vuelve una discusión de dogmas para fanáticos, la vida real queda en el fondo del tacho.

Romper con esa polarización no pasa por buscar un mesías nuevo que repita las mismas mañas con otro color, ni por resignarse a elegir al menos peor. Pasa por sacarle el dramatismo a la política y empezar a tratarla como lo que es: un servicio aburrido, transparente y terrenal que tiene que devolverle dignidad al que labura todos los días. Mientras sigamos comprando el combo cerrado de que o sos parte de la salvación o sos cómplice del desastre, el negocio de la política va a seguir intacto, sostenido sobre las espaldas de los mismos de siempre.

Carlos Alberto Leiva

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